Domingo Faustino Sarmiento pasó a la historia como el Padre del Aula. Pero también fue un activo defensor de los animales. Sarmiento estuvo al frente de la Sociedad Argentina Protectora de Animales (SAPA) solo 4 años, pero bastaron para que la entidad cobrara vuelo. Llegó en 1881 y en 1885 delegó sus riendas a Ignacio Albarracín, quien se quedó allí por 50 años.
En su casa de Buenos Aires, el viejo Sarmiento —ya pasaba los 70 y tantos— vivía con su hermana, hija y nietos, y sus favoritos: los perros, los gatos y una chuña, ave zancuda que hacía de dueña de casa sin importarle quien visitara a su “padre”. Era tal la confianza del bicho que se paseaba por el despacho del ex presidente y se acomodaba en una silla a la diestra del escritorio donde el hombre apuntaba sus memorias y no dejaba que nadie más se sentara en su espacio.
También convivía con un loro que un amigo, conocedor de su debilidad por las aves, le había mandado. “El loro sabía hablar castellano y lo ha olvidado en mi escuela, gracias a mis lecciones de gruñirme como yo le gruño —describió Sarmiento en una carta— Ráscase la cabeza, al sentirme venir, porque es el cariño que yo le hago”. Esas líneas que reproduce la escritora Silvia Urich en su invaluable libro “Los perritos bandidos” son parte de una carta a Aurelia Vélez, hija del jurista padre del Código Civil argentino, amante de Sarmiento desde 1857 y su compañera desde entonces.
Aquel loro había envejecido. “El pobre se arrastraba por el suelo, impotente de trepar su percha, ni sostenerse en ella —escribió Augusto Belin Sarmiento en otra misiva— Lo contemplaba un día con lástima Don Domingo, cuando su hermana Rosario le dijo:
—Domingo, hay que matar a la Paraba (el nombre tucumano del loro)
—¿Por qué motivo?— reclamó a su hermana.
—¡Está muy viejo!
—¡Entonces te mataremos a vos!— fue la réplica”.

Arrancó Sarmiento 1882 al frente de la SAPA —que obtuvo personería jurídica en abril de ese año—y se puso al tanto de la situación nacional e internacional respecto al derecho animal, creó reglas y siguió su cumplimiento; y fue minucioso en la vida interna de la asociación que gobernó como si fuera un pequeño estado. También pidió que sus miembros fueran reconocidos por las autoridades policiales para que los auxiliaran cada vez que debieran actuar ante un caso de maltrato, pero el jefe de la repartición no permitió que civiles ostentaran poder porque consideró el pedido contrario al “orden establecido”.
Según recordó Infobae, una visita de febrero de 1882 le dio la primera oportunidad de actuar: se opuso fervientemente a que Buenos Aires —la actual Plaza de Mayo, exactamente—se convirtiera en un reguero de sangre con el regreso de las corridas de toros. La idea llegó de la mano de un empresario español que pidió autorización a la Municipalidad para poder realizar la cruel exhibición en la “Primera Exposición Continental”, un evento industrial que se realizaba en lo que hoy es Plaza Miserere.
Ofuscado, Sarmiento convocó a manifestar en su contra: “Siendo urgentísimo tomar medidas a fin de estorbar que especuladores sin sentimientos de humanidad nos den por espectáculos (…) destripar caballos, atormentar toros quemando sus carnes como lo hacía la Inquisición con nuestros semejantes (…) para darnos el placer, entre chorros de sangre y bramidos de dolor (…)” decía la convocatoria, entre otras cosas. La reunión era en Cuyo 533, su casa.
De la reunión salió un petitorio a la Municipalidad. “Sarmiento estrenó dos modalidades -describe Urich-: reunir firmas entre la población en apoyo al petitorio y divulgar los hechos en la prensa para movilizar a la opinión pública”. El éxito fue rotundo.
Hubo otros intentos de reinstalar las corridas y siempre chocaron con la oposición de Sarmiento que tomó con total ahínco el tema durante sus presidencias, tanto de la Nación como de la SAPA: “Se pretende reaccionar contra una de las más preciosas conquistas de nuestra Independencia: la abolición de las corridas de toros (…)”, llegó a decir.
Tras ese triunfo Sarmiento supo que debía hacer algo más importante y contundente: lograr la sanción de leyes severas para proteger a los animales.
Con la SAPA fortalecida siguieron las relaciones internacionales. Así llegó a las asociaciones protectoras de Londres y Nueva York que ayudarían con experiencia y legislación. Sobre la asociación londinense (RSPCA) escribió: “Su éxito en modificar las costumbres inglesas en las relaciones del hombre con los animales, con los otros animales, deberíamos decir, las criaturas mudas, han hecho dar un paso más al hombre (…)”.
Así las cosas, en 1883, la SAPA de Sarmiento fue invitada a participar en el noveno Congreso Internacional de Sociedades Protectoras de Animales, en Viena, con derecho a voto.
Al cumplir el primer año al frente de la SAPA elaboró un informe que miraba a la realización de proyectos legislativos para presentar en el Congreso y entre 1883 y 1884 redactaron varios proyectos más (con Bartolomé Mitre como vicepresidente).
“Es satisfactorio hacer saber que en Buenos Aires, la sociedad que se propone ahorrar torturas a los seres privados de razón, pero dotados de la facultad de sentir y despertar sentimientos de bondad en los que en vano poseen una facultad de pensar, no decae en sus propósitos ni disminuye en número”, dijo Sarmiento, festejando el crecimiento de la entidad que influía en las decisiones populares.
Pese a eso no había logrado una sola ley. “Nuestro Congreso hace dos años tiene en cartera leyes realmente urgentes para prevenir la crueldad con los animales; mientras que todos los días hemos visto durante dos meses que no hubo sesión por falta de número…”, se quejó en un artículo publicado en El Nacional. Y exigió que “los Congresos sean Congresos y no meros amontonamientos de individuos para cobrar un sueldo, que se han procurado en muchos casos ellos mismos, sin injerencia del pueblo que debiera constituirlos representantes”.

Organizó la primera movilización a favor de los animales para pedir que los legisladores atendieran los proyecto. Una multitud partió de Callao y Lavalle. “Solo los reiterados reclamos de Sarmiento y la marcha a Plaza de Mayo lograron su tratamiento en el Senado, en la sesión del 10 de septiembre de 1885”, describe Urich.
Del Congreso celebrado en Viena, la SAPA se nutrió de modelos e información, y Albarracín, profeta de Sarmiento, buscó adaptarla a la sociedad argentina.
Tras la movilización y la insistencia de Sarmiento, el proyecto fue girado a la Comisión de Legislación y se logró su tratamiento en el Senado. Ocurrió en agosto de 1884 y “declaraba punibles los malos tratos hacia los animales e imponía penas a sus autores; castigaba a quienes no proporcionaran alimento o agua a los animales transportados; establecía la cooperación de la policía con la Sociedad Protectora para el cumplimiento de las disposiciones legales y disponía que las municipalidades reglamentaran la ley”, enumera Silvia Urich.
Hubo una fuerte oposición a esta ley. Durante 8 años el proyecto dio vueltas, y recién avanzó cuando se hicieron algunas modificaciones para conformar a los legisladores (se reemplazó el término “prisión” por “arresto”, por ejemplo).
“Él mismo dice —sostiene Urich en referencia a Albarracín—que la ley 2786 sale gracias a su perseverancia porque de lo contrario hubiera dormido en un cajón. Esa ley es reconocida como la Ley Sarmiento porque éste fue su primer impulsor, pero se logra su sanción porque Albarracín se plantó en el Congreso, habló con cada diputado para pedir que la tratasen… Les ganó por cansancio”.
Finalmente, el 25 de julio de 1891, la ley fue sancionada y el 3 de agosto quedó promulgada la Ley Nacional de Protección de los Animales, bajo el número 2.786, que pasó a la posteridad como “Ley Sarmiento”. Domingo Faustino murió antes de ver su obra legal terminada en Ley.
